miércoles, 30 de diciembre de 2015

Jesucristo es Dios(cont.)




B.- Naturaleza Divina de Cristo  

Al fondo de esta humanidad de Cristo, se descubren operaciones muy suyas, propias únicamente de Dios:

Milagros.- Los consignados en los Evangelios son 46, Con toda seguridad que fueron muchos más, pero los relatados se nos muestran como ejemplo para motivar nuestra fe. (Cf. Jn. XXI - 25).

Profecías.- De su propia pasión: Mth. XVI - 21; de su propia Resurrección: Mth. XII – 40; de la destrucción del Templo y del fin del mundo: Mth. XXIV; Luc. XXI.

Escrutación de pensamientos.- “Y al punto, conociendo Jesús en Su Espíritu que así pensaban en su interior … (Mc. II – 8).

Expulsión de demonios.- Consignan siete y muchos más sobre entendidos.

Perdón de los pecados.- “¿Quién puede perdonar: pecados, sino sólo Dios?” (Mc. II – 7; Cf. Luc. VII – 49).

Legislación superior a la antigua.- “Oísteis que se dijo … mas Yo os digo … (Mth. V - 43 sgs.).

Juez de vivos y muertos.- (Mth. XXV – 31 – 46).

Confiere poderes sobrenaturales.- Mth. X – 1; Jn. XX – 22-33.

Argumentos.- “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; más si las hago, ya que a Mí no me creéis, creed a las obras para que sepáis y entendáis que mi Padre está en Mí y Yo en mi Padre” (Jun. X – 37-38).

 Declaraciones.- “El Padre y Yo somos una misma cosa” (Jun. X – 30); “Quien me ha visto, ha visto al Padre” (Jn. XIV – 9).

Manifestaciones oculares.- “Y se transfiguró en presencia de ellos, y comenzó  a relumbrar su faz como el sol, y sus vestiduras se pusieron blancas como la luz” (Mth. XVII – 2).


Proclamaciones.- “Y el Sumo Sacerdote le dijo” Te conjuro por el Dios Vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. Dícele Jesús: Tú lo dijiste; empero, os digo que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo” (Mth. XXVI – 63-64). 


sábado, 26 de diciembre de 2015

Jesucristo es Dios(cont.)




A.- Naturaleza Humana en Cristo

Naturaleza (Phisis, ousia), es la esencia de una cosa en cuanto sujeto de las operaciones que le son propias. Esto es, la esencia misma en cuanto operativa. Según esta definición, descubrimos en Cristo una Naturaleza Humana correspondiente a su origen humano. La Escritura lo atestigua refiriéndonos sus operaciones humanas, tanto somáticas como psicológicas, v. gr:

Luc. II – 52 .- “Y Jesús progresaba en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y ante los hombres”.

Mth. IV – 2 .- “… sintió hambre”.

Jn. XIX – 28 .- “Tengo sed”.

Mth. VIII -24 .- “El, en tanto, dormía”.

Jn. IV – 6 .- “Jesús, pues, fatigado del camino, se sentó”.

Jn. XI -33 .- “Se estremeció en su espíritu y se conturbó” (Cf. 38).

Jn. XI – 35 .- “Lloró Jesús”.- Luc. XIX – 41: “Viendo la ciudad lloró…”.

Mth. XVI - 37 - 38 .-“Comenzó a ponerse triste y a sentir abatimiento. Entonces les dice: Triste sobremanera está mi alma hasta la muerte”.

Luc. XXIII - 46 .-“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”(Cf. Ps. XXX - 6)


Mc. XV - 37 .-“Mas Jesús, lanzando un gran grito, expiró”.



miércoles, 23 de diciembre de 2015

Jesucristo es Dios(cont.)




B.- ORIGEN HUMANO
 

El mismo Evangelista inicia su precioso Escrito con estas palabras: “Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” (Mth. I – 1)

A partir del verso 2, nos transmite una serie de cuarenta y dos generaciones, siempre con el nexo imprescindible de una generación natural a la siguiente también natural, usando el verbo “genuit” (gr. = egennesen) 39 veces, y nombrando siempre al progenitor varón. Mas al llegar a Jesucristo, ni habla del padre ni usa el verbo “engendró”, sino que, cortando de modo inusual, habla sólo de la Madre, y nombrando a San José únicamente en su dignidad de Esposo: no de padre: “Y Jacob engendró a José, el Esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado  Cristo” (Math. I – 16).

San Lucas procede de modo inverso y parte de San José hasta llegar a Adán, creado por Dios. Pero advierte: “Y era el mismo Jesús, al comenzar, como de treinta años, hijo, según se creía, de José” (Luc. III – 23).

“Hijo, según se creía”; luego en realidad no lo era. Ya antes ha consignado la intimidad de la Anunciación, y San Mateo nos lo ha dicho con todas sus letras: “… lo que ha nacido en Ella es del Espíritu Santo” (Mth. I – 20).

5.- REVELACIÓN, MAGISTERIO Y RAZON

La meridiana claridad de los textos aducidos no deja lugar a dudas: Jesucristo tiene un origen devino y un origen humano, y de ellos concluimos las dos naturalezas inconfusas en Cristo: la Divina en cuanto Dios y la Humana en cuanto hombre: es decir, Dios perfecto y perfecto hombre.

Cómo puede compaginarse esta extraña dualidad en una innegable unidad, es lo que nos explicará el magisterio tras larga elaboración que arranca de los primeros siglos de la Iglesia.

Y es de advertir que, cuando hablamos de la intervención del Magisterio, no pretendemos afirmar que se imponga una arbitraria doctrina o se inventen dogmas; sino que la Iglesia ha definido lo que entenderse debe de la Revelación, y esto mismo lo ha sintetizado en fórmulas elaborando términos humanamente convencionales, que expresan en un solo vocablo o en una sola frase toda la doctrina.


Para  lograr esta síntesis de acuerdo con la verdad y la razón humanas, de modo que la Revelación sea suficientemente expuesta y los dogmas que la Iglesia propone no repugnen a la razón humana, es necesario desentrañar la genuina función de los conceptos metafísicos, como los iremos exponiendo en su oportunidad.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Jesucristo el Dios(cont.)




3.- SOLUCION TEOLOGICA

Aunque la Escritura es clara y explícita en la afirmación de la divinidad y humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, la teología católica aborda el problema, no porque dude, sino porque desea profundizar esta doctrina en cuanto le es dable al entendimiento humano. Y esto, no solo para gozar de su contemplación con fe y amor, sino también para mantener dentro de sus justos límites la fe de los católicos y para dar satisfactoria respuesta a cuantos han pretendido formular sistemas y soluciones al Misterio del Hombre – Dios. El Misterio de la Encarnación es, en su presentación práctica, claro y seguro; pero en sí mismo, en su esencia, es impenetrable. De él escribe San Pablo identificando el plan salvífico con el Verbo Encarnado: “Sabiduría de Dios encerrada en el misterio, escondida, que predestinó Dios antes de los siglos para gloria nuestra” (Cor. II – 7).

No obstante, y puesto que el mismo Verbo Encarnado se dejó ver y tocar y convivió con nosotros emparentando con la raza humana sin dejar su Divinidad (Cf. I Jn. I – 1)  nos es dado inquirir su Personalidad hasta el límite de nuestra capacidad, bajo la guía y dirección de la Iglesia, cuyo Magisterio Infalible ha sido el árbitro y oráculo en estas espinosas cuestiones.

Tengamos, en primer lugar, la convicción de que la solución teológica dimana de y armoniza con el misterio revelado, y que no repugna a la razón humana; pues el mismo que infunde la fe es quien ha dado al hombre la luz del entendimiento.

4.- EL ORIGEN DE CRISTO

A.- ORIGEN DIVINO

El punto de la partida para esta disquisición es el anuncio del Arcángel San Gabriel a la Santísima Virgen María, del cual extraemos las siguientes palabras:

“EL Espíritu Santo descenderá sobre ti y
el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
por lo cual, también lo que nacerá será llamado
Santo, Hijo de Dios”.
                                                             (Luc. I – 35)

En el paralelismo, llama el Ángel “Poder del Altísimo” al Espíritu Santo, porque El es término de Amor Inmanente y Subsistente del Altísimo: el Padre. Y anuncia su actuación consciente y personal, porque es persona: la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.


Descender sobre María o cobijarla, o mejor aún: cubrirla o hacerle sombra, significa que Ella será el objetivo de un privilegio jamás pensado; que realizará en Ella el milagro de una fecundación virginal fundamentalmente divina.

Esta fecundación no se realizó por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Y lo revela el Ángel a San José, el mayor testigo de Esa Concepción sin concurso humano: “José, hijo de David, no temas recibir (en tu casa) a María tu esposa, pues lo que se engendró (a ha nacido) en Ella, es (obra) del Espíritu Santo” (Mth. I- 20).

Este milagro inaudito fue profetizado por Isaías (VII -14), y cita San Mateo el texto para que sea comprobado su cumplimiento: “Todo esto ha acaecido a fin de que se cumpliese lo que dijo el Señor por el profeta, que dice: He aquí que una Virgen concebirá, parirá un hijo, y llamarán su nombre Emmanuel, que traducido, quiere decir Dios con nosotros” (Mth. I-22-23).

¡”Dios con nosotros”! Intencionadamente el Evangelista tradujo la palabra “Emmanuel” para revelarnos con claridad Quién Es el que se encarna: aquel a quien – remontándonos al Seno de la Sanísima Trinidad – le oímos decir: “Mi delicia es estar con los hijos de los hombres” – (Prov. VIII – 31).     




jueves, 17 de diciembre de 2015

Jesucristo es Dios (cont.)




De modo simultáneo lleva una vida terrena completa y no se aparta de su Vida Divina que es, en sí, perfecta, pues dice de Sí mismo: “Nadie ha subido al cielo si no es el que ha bajado del cielo, el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Jn. III-13).  El puede obrar y hablar de Sí mismo como Hombre y como Dios; como interior al Padre y como igual a El, como existente desde la eternidad y como venido al tiempo. (Cf. Mc. VIII-2; M VII – 29. Mc. XIV -36; Jn. VIII -58; Jn. III – 17). Jesucristo, empero, no es un hombre divinizado, sino Dios – Hombre, un Hombre – Dios. Todo El es una sola entidad: una unidad humano – divina; de donde sus operaciones son llamadas “teándricas”: que así como en este vocablo solo se unen y distinguen dos raíces (Théos = Dios; ántropos = hombre), así en su Divina Persona se unen sin confundirse las naturalezas Humana y Divina, en una sola Persona.      





miércoles, 16 de diciembre de 2015

Jesucristo es Dios(cont.)




La poética expresión de San Juan se repite en las fogosas frases de San Pablo, quien abre su Carta a los hebreos con esta revelación: “Dios… nos habló a nosotros en la Persona de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas la cosas, por quien hizo también los mundos; el cual, siendo destello esplendoroso de su gloria e impronta de su Substancia, sustentando todas las cosas con la palabra de su poder, después de obrar por Sí mismo la purificación de  los pecados, se sentó a la diestra de la Grandeza en las alturas… “ (Hebr. I-2-3).

En todo lo anterior descubrimos a Dios mismo como Dios y Redentor, Dios, porque “el Verbo era Dios”, “impronta de su Substancia”; Redentor, porque “el Verbo se hizo carne” y “obró por Sí mismo la purificación de los pecados” (Jn. I-1, -14; Hebr. I-2).

Y para demostrar que rige en todo esto una operación exterior del Verbo en obediencia a la Voluntad del Padre, he aquí un texto en que San Pablo nos revela el modo como fue ejecutado el plan salvífico: “… el cual (Cristo), subsistiendo en la forma de Dios, antes se anonadó a Sí mismo tomando la forma de esclavo, hecho a semejanza de los hombres y en su condición exterior presentándose como hombre; se abatió a Sí mismo hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz…” (Pilip. II,6-8).

Consta en este texto una doble naturaleza: la divina que el Verbo tiene eternamente por Sí mismo (Cf. Jn. XVII-5), y la humana que asume en el tiempo. Pues si el subsistir “en la forma de Dios” – y no por usurpación sino por su propia generación eterna – se entiende tener Naturaleza Divina, el tomar la “forma” de los hombres equivale a asumir la naturaleza humana.

De aquí que subsista inconfundible Dios y Hombre; pues tras haber asegurado la resurrección y dominio universal de Él, dice San Pablo que “toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, llamado a compartir la gloria de Dios Padre” (Filip. II, 9-11).
Síguese de todo esto que el Redentor tiene un doble origen: el divino en la eternidad cabe el Padre, y el humano en el tiempo, en Seno de la Virgen.
Que tiene, por tanto, dos naturalezas distintas y completas: la Divina en cuanto a Dios y la Humana en cuanto hombre.

Y que la confesión sin confusiones de estas dos naturalezas, es la llave que abre la inteligencia de la Revelación divina de la Biblia: profética en el Antiguo Testamento y cabalmente cumplida en el Nuevo.


Cristo es Dios y es Hombre. No por ser Dios es menos Hombre, ni por ser hombre es menos Dios. Dios en la eternidad y en el tiempo; Hombre en el tiempo con trascendencia divina en la eternidad.


martes, 15 de diciembre de 2015

Jesucristo es Dios(cont.)




Sólo Dios colma en Sí toda la grandeza y santidad que imaginarse pueda; pero sería absurdo que Dios se diera satisfacción a Sí mismo, pues siendo el ofendido no puede ser el ofensor. Además, la profecía del Protoevangelio expresa claramente la condición humana del Redentor: la “Mujer” sólo puede engendrar seres humanos. “Ella”, dice el texto (Vg.) señalando a la Descendencia, o mejor aún al “Descendiente” como traducen los LXX (autos) y la Itala (ipse). Y como la profecía anuncia bajo la figura de mordedura mortal en el calcañar o talón la muerte del Redentor, no era posible que Dios nos redimiera, porque Dios no puede morir.

Luego: o no puede haber Redención según el plan profetizado, o debe buscar Dios otro medio para lograr la salvación de los hombres.

Este es el punto crucial del problema y la incógnita de su solución. Y ésta la resuelve Dios en su infinita sabiduría que no puede quedar frustrada ante las circunstancias. Dios sostiene su palabra dada en el Protoevangelio: por la muerte y victimato del Redentor será la Redención del hombre y restaurada la gloria de Dios, siendo su propio Hijo quien saldrá fiador por nosotros, y dando su propia vida, consumará en su Sangre la obra redentora. (Cf. Rom. V-9; III- 21-26; HEBR. XII-12).

La solución dictada por el mismo Dios es la Encarnación del Verbo por la cual sería hombre perfecto para merecer, sin dejar de ser perfecto Dios, para que esos méritos fueran infinitos. Y el Verbo se encarnaría para enseñar la verdadera Sabiduría al hombre engañado por los falsos resplandores de Satanás, y porque había de ser restaurada la creación conforme su causa ejemplar que es el Verbo, y al hombre haría partícipe por adopción de la Filiación que El tiene por naturaleza, y de la herencia eterna que a El le corresponde por derecho propio.

Bien hubiera podido el Señor señalar otros medios: en todos hubiera resplandecido su misericordia y el Verbo quedado como Intercesor. Pero en el Decreto de la Encarnación del Verbo se pone de manifiesto el infinito amor de Dios a los hombres: por amor, el Padre envía su Hijo al mundo (Cf. Jn. III-16); por amor, el Espíritu Santo realiza el milagro de la concepción virginal (cf. Luc. I-35); por amor – redunda el decirlo-, el Verbo asume naturaleza humana en el seno de la Santísima Virgen a fin de morir por nuestro amor (Cf. Hebr. X -5-7; Ps. XXXIX -7-9; Gál. II- 20).

De este plan redentor fraguado en los divinos arcanos, parte la revelación más sorprendente en inefable síntesis: un contraste inconcebible para la mente humana y posible sólo en la mente y omnipotencia de Dios:
Contempla San Juan la gloria eterna y la divinidad del Verbo: Engendrado y consubstancial en operación inmanente intratrinitaria:

“En el principio era el Verbo,
y el Verbo era cabe Dios,
         y el Verbo era Dios…” (Jn. I-1)

Y tras haberlo presentado en sus operaciones ad extra como Creador y vivificador de cuanto existe, da un vuelco a esta sublime descripción para aturdir hasta el vértigo nuestra captación humana, con esta revelación tan inaudita como inspirada.

“…Y el Verbo se hizo carne”,
con una finalidad:
“… y habitó entre nosotros,…”
sin perder su Ser Divino y original:
“…y vimos su gloria,
gloria cual del Unigénito del Padre,

pleno de Gracia y de Verdad”.(Jn. I-14).